
Esta ciudad (pensé) es tan horrible que su mera existencia y perduración, aunque en el centro de un desierto secreto, contamina el pasado y el porvenir y de algún modo compromete a los astros.
JORGE LUIS BORGES
El inmortal
Jonás Insberger, la joven promesa de la literatura argentina estaba a punto de culminar su novela. Había recibido un respaldo económico inverosímil para un autor de su edad, veinticinco años y a sus espaldas varios premios en certámenes más o menos juveniles de relatos y poesía. Se había destacado la fluidez de su prosa, su latente y, paradójicamente, esperanzada ironía y la capacidad dramática de sus personajes así como el soporte intelectual que sustentaba tanto sus poemas como sus cuentos de una tradición que parecía encontrarse entre Borges y Shakespeare, según los críticos. Su cara empezaba a hacerse familiar entre los círculos letrados de escritores, escribientes y escribidores que merodeaban entre las universidades, las editoriales, los cafés y los porstíbulos, y paulatinamente fue consagrándose mediáticamente como “el espejo de la trasculturación” debido a su condición de inmigrante y residente en Barcelona, su patria adoptiva. Allí le llegó lo que podríamos considerar, en principio e ignorando los hechos posteriores, su golpe de suerte, al conocer y congraciar con el principal editor de la ciudad y uno de los más importantes del país. KQ (es un seudónimo, naturalmente; no se revelará bajo ninguna circunstancia el verdadero nombre del editor por motivos que se entenderán más adelante) le había seguido de cerca y estaba convencido de que una serie de factores tales como su proyección, su juventud y también -desgraciadamente tenemos que reconocer esto también, aunque sea un hecho tan extraliterario, aunque bien pensado, ¿qué es un hecho literario y dónde deja de serlo?, o más bien, ¿existen fronteras para los hechos literarios?- su belleza convertirían a Jonás en lo que se llama comúnmente un escritor de éxito, un chico que quedaba ideal en las portadas de El Cultural, Babelia y todo el desfile de revistas de variedades que salían en los suplementos. Su carácter, aunque tímido, era accesible a los medios ya que carecía de la violencia que generaban personalidades como Fogwill, Pauls o Bolaño. Jonás era nerudiano en la ingenuidad y esto KQ lo intuía, lo prefiguraba en las solapas de sus próximos libros, en las reseñas futuras donde le ubicarían entre Kundera, Benedetti Cortázar. Debería conquistar a las viejas como Antonio Gala, a las jovencitas como Paul Auster, a los jóvenes ingenuos como Kerouac y a los enfermos como Philip Dick. Y claro, debería vender como Muñoz Molina, como Isabel Allende. Con pasta y citas se compra a cualquier crítico. Era el negocio del año y, como tal, requería de una importante inversión: tendría el dinero que quisiera para no tener que trabajar en otros medios, no quería que desperdiciara ni una de sus frases geniales en perecederas columnas de periódicos, así que le proveería de los recursos suficientes como para que viviera hasta terminar su novela. Es más, con ese dinero podría vivir holgadamente si respetaba los plazos que calculaba entre un año y un año y medio. Incluso viajaría: su nueva obra requeriría de la inspiración que otorgan los nuevos paisajes, los nuevos rostros, los nuevos temores, las nuevas ambiciones. Así que se decidió: la oferta para Jonás era irrechazable, el negocio para KQ se solidificaba y firmaron el contrato. Insberger, que así le llamarían primero porque suena a extranjero, un extranjero con clase, no a sudamericano, como si fuera el fruto de una larga tradición histórica y artística, como irremediablemente artística, y porque a los “grandes” se les conoce por el apellido: Naipaul, Coetzee, Sánchez Dragó. Homero siempre fue una excepción en todo o tal vez el primero en una tradición de excepciones.
Así, Jonás Insberger recibió el primer adelanto de su novela, un tanto ajeno a los enormes planes de su editor, háse de decir en su descargo. Prudentemente, solo hizo unos gastos pertinentes para él pero que omitiremos por su carencia de interés: ya tenía lo que necesitaba: su escritorio, un portátil, café (descafeinado) y una historia que le perseguía. No necesitaba mucho más, detestaba el paradigma de escritor borracho y fumador.
Siguiendo los consejos de su editor y con el objetivo de enriquecer su experiencia personal y literaria emprendió una serie de viajes que pasaron por México DF, New York y unos destinos un tanto más exóticos como Samarcanda o Albania. Su mente volaba entre mil historias, nuevos proyectos, relatos, poemas, novelas, se le aparecían a cada paso, aunque su mente estaba centrada principalmente en Los destinos espirales, su primera obra con una gran editorial. La futura obra, ambiciosísima, pretendía abarcar los destinos de distintos pueblos desde una perspectiva microhistórica en la que presentaría a distintos personajes cuyos linajes se irían entremezclando gracias a la fuerza centrífuga y centrípeta que ejerce el destino, que revela una verdad que únivamente se puede aprehender desde una perspectiva tan lejana que resulta inútil.
El proyecto requería de unos esfuerzos, una planificación, una documentación muy rigurosa pero que nunca se detuvo: Insberger era un poeta pero también un investigador nato. Así aprovechó sus viajes llenando sus libretas de apuntes, esbozos, historias, ideas.
Lentamente, la novela fue tomando forma: los primeros capítulos empezaban a extenderse, a abrirse asimilando una miríada de influencias y temas, de registros y presonajes que avanzaban hacia una historia principal que se empezaría a revelar cerca de la mitad del libro donde los protagonistas, Gina y Jorge, asumirían la voz principal de los hijos del éxodo, de la guerra, de la pobreza y también de la esperanza y la lucha: sería una propuesta vitalista pero dramática, heredera de Tolstoi, de Pasternak así como de Pamuk y Márquez. La novela-río fluye ingenua, ajena a los ciclos ignotos que romperán su curso con la muerte de Jorge cerca del final. Insberger no pude creer lo que ha hecho al matar al protagonista: es consciente de que así derriba la novela, que todas las voces no podían morir en el todavía estéril Jorge: su deceso se había sido precipitado y se podría decir que casi injustificado, dadas las circunstancias. Se podría pensar que Insberger debería haber retrocedido en la escritura y reelaborar la suerte del personaje, lo cual sería una tomadura de pelo para cualquiera que se considere un escritor y no un mero mercader de palabras. Él era plenamente consciente de que ahora no había vuelta atrás, que la historia se tendría que reelaborar y que las voces deberían pasar a otro protagonista, ya que no podían permanecer mudas sin enmudecer también la novela, así que, con varios esquemas mediante, empezó a reelaborar la parte final, el último y gran capítulo que finalmente cerraría el círculo, la perfección esférica de una novela total. Por otro lado, los plazos para entregarla se estrechaban cada vez más puesto que se había excedido algunos meses en la entrega del manuscrito final, y así poco a poco veía menguar su sustento. Intentó apresurarse a terminar el capítulo pero tanto él como sus amigos, atentos críticos como perros de presa, lo consideraron inaceptable para una obra del calibre de Los destinos espirales. Pronto se puso a elaborar otro cierre pero con unos resultados inimaginablemente malos. Lo intentó una y otra vez pero los resultados no dejaban de empeorar y cada nuevo esfuerzo parecía como un escupitajo al conjunto de la obra. La presión de su editor empezó a notarse por primera vez, así como de la prensa, atenta al caso del escritor estrella esperando saber si finalmente emergería o viviría un temprano otoño que lo condenaría al silencio, a la trivialidad de lo perecedero. No puede decirse que se tardara poco en sembrar la duda, pero tampoco se tardó mucho en cuestionar sus capacidades como novelista. Surgieron, obviamente, las voces del “si yo ya lo decía”, los del “no, si no era para tanto”. También las de su círculo más íntimo que se preguntaba constantemente qué habría pasado, qué le había conducido a ese estado de ofuscamiento, como si una nube de tormenta se le hubiera instalado en su imaginación, lo que preocupaba seriamente a su madre y a su novia, una mujer de una paciencia casi infinita que se sentía cerca de sus límites viendo a Jonás desperdiciando horas y horas en palabras que convertía pronto en residuos, en una novela que no iba a ningún lado, haciendo que ella tuviera que doblar sus horas de trabajo una vez se les hubo acabado el dinero. Poco a poco los personajes también se fueron rebelando y mostrándose cada vez más exigentes. No podían permitir el ser condenados al ostrascismo, sus vidas no podían ser en vano, su historia pesaba demasiado como para morirse ahogada en la nada, pero el tiempo transcurría y la historia seguía sin tener un final. Parecía no poder moverse del lugar, aunque lo hacía de una forma casi imperceptible, como el centro de una espiral, como un remolino que atrae todo hacia el abismo.
