24 mar 2010

Miles et barbarus

No había duda de su victoria. Estaban mejor preparados, organizados, disciplinados; su enemigo jamás podría con ellos. Eran conscientes de su inferioridad numérica pero su moral se mantenía alta, en su mente estaba la táctica de resistir, agotar y atacar. Sentían el humo en el aire. Se sentían como unos padres malvados que disfrutaban íntimamente, con un inmenso placer, las rabietas de sus hijos. Ellos eran el equipo local ante una marabunta alocada, exaltada, fervorosa y efervescente. -Terminarán llorando-, se dijo el estratega. -Llorando y gimiendo, pidiendo perdón y volviendo a nuestro regazo. Consideraban esta actitud insurrecta como un pataleo, pero so mostraban estólidos ante las protestas, ante los gritos, ante los proyectiles. Simplemente mantenían su escudo en alto en formación testudo, la clásica formación romana en forma de caparazón para impelir cualquier ataque cercano o lejano con proyectiles livianos. Simplemente elevaban sus escudos, siempre bien unidos, y esperaban.
Cuando llegó el momento comenzaron a avanzar. Paso a paso. Eran como animales capaces de oler el agotamiento, el primer síntoma de desesperación lo degustaban casi con lujuria: se sentían a punto de sodomizarlos.




Cuando la multitud empezó a flaquear ellos comenzaron a dar pasos cada vez más seguros para alejarlos de la plaza central. Lanzas no tenían, falanges tampoco, pero en cuanto pudieron, del centro de la formación se elevaron cinco antidisturbios lanzando balas de goma. Los de primera fila, ante la primera desbancada y el pánico, sacaron sus tonfas y comenzaron. Abrieron rápido el grupo y, rápidamente, se metieron entre ellos en forma de cuña. Volaron neumáticos incendiados, piedras, botellas, carteles, pero jamás se inmutaron. Ellos llevaban cascos con viseras acrílicas, escudos antibalas, protectores en los antebrazos, espinillas y genitales, además de escudos antidisturbios de lexan, transparentes con un logo: POLICÍA.

Una vez disuelta la multitud, con sus trajes llenos de escupitajos y sangre, los antidisturbios volvieron al cuartel donde estaban Q y R, los policías que atropellaron y mataron a D y F con su coche patrulla para recordarles que hay que llevar casco cuando se va en moto.

Sobre los límites de la coherencia

Fuera o no por las circunstancias históricas, en aquellos años se recuperó la moda del arte utilitario. La cosa había nacido, en un principio, promovida por la élite intelectual de los bajos fondos, el nuevo “proletariado artístico”, como ellos mismos tenían a bien autoproclamarse. Los vagabundos pasaron a llamarse “poetas de callejón” y se convirtieron, por algún mecanismo inverosímil, en el estandarte de la estética neo-utilitaria, que ya por entonces se había fusionado con el decadentismo simbolista, aunque nadie sabía muy bien qué significaba realmente todo aquello. El foco se localizó en la Universidad del Jardín y sus alrededores. Durante aquellas primeras semanas, los estudiantes jardinitas sustituyeron las aulas por el arrabal y allí, junto a los habitantes de las aceras, comenzaron a forjar la ilusión de una nueva filosofía. Aparcados los libros, escribían sobre cartón toda clase de epigramas rimados que eran por la noche exhibidos en las avenidas más transitadas. Si uno hubiera paseado en aquel mes de marzo por el Bulevar San Patricio, se habría tropezado con docenas de jóvenes sintecho y sus rudimentarias pancartas literarias. Después vino el episodio del saqueo, cuando se llevaron los cuadros y los vendieron en subastas callejeras. En los periódicos se habló de la “desacralización del arte por la fuerza”. La intervención del gobierno resultó tardía e ineficaz, el movimiento se les fue de las manos y, sin embargo, este se disolvió no mucho después. Lo que sucedió fue que la nueva filosofía se entendió mal, si es que alguna vez había llegado a entenderse, y los magnates aprovecharon la agitación. Los grandes accionistas de las galerías de arte consiguieron adquirir, a precio de saldo, las más prestigiosas obras. Por su parte, los publicistas de cadenas de ropa vieron en todo ello una oportunidad de inversión y pactaron con cadenas de ropa y centros comerciales la venta al por mayor de vestuario acorde con la estética callejera. Se comercializaron botas agujereadas, gabardinas desfasadas de grandes bolsillos, sombreros de papel, guantes sin dedos y otras prendas del atuendo vagabundo. Los epigramas originales fueron transformados por las multinacionales en consignas juveniles y se estamparon en toda una serie de chapas, camisetas de manga corta y pósters con que todo buen adolescente empapelaba su habitación. La demanda de cartón alcanzó cotas desmesuradas y su valor se triplicó en bolsa, de forma que las papelerías locales recibían cada día camiones con remesas de cartón. Tan pronto como la estética literaria arraigó como fenómeno social, su fuerza se diluyó. La Universidad recuperó a sus antiguos estudiantes. Ricardo el vagabundo volvió a su banco y a sus palomas. Alguien, un sábado, lloró la ausencia de aquel cuadro que contemplaba cada sábado en el Museo, (pero un sábado más tarde ya había olvidado su color y su textura.) Solo quedó, de aquella moda del arte utilitario, una llama escuálida y azul en el reverso de una retina. Una llama que se apagó en un vaso de paracetamol efervescente.