30 dic 2009

Relato N.2

Mar del Plata, 19 de Diciembre.

12:00


Leonor prepara el almuerzo. Oscar, mientras, se asea para salir al banco. A pesar de sus 84 años su estado de salud es casi envidiable, además de su porte: un traje barato, gris, pero traje al fin, camisa blanca, sin corbata, zapatos de piel. Sonríe. Al medir un metro ochenta y cinco suele ganar inmediatamente el respeto de la gente, aunque no atemoriza, su carácter es bien afable. El hecho de que tenga, además, cierta cantidad de dinero nada desdeñable en un país como Argentina, hace que su condición de peruano pase casi desapercibida.

Por otro lado, el Negro Scotti y Lucas preparaban la moto. Iban a encontrarse con Oscar y después iban a sacar algo de dinero, tal vez para los regalos de navidad de sus hijas y sus señoras. Se limpiaron los pies de barro al salir y se montaron en dirección al banco Nacional. Un mediodía caluroso, típico del verano marplatense.

12:15

Oscar llegó al banco y sacó algo de dinero para comprar un par de botellas de vino para la cena del próximo fin de semana en casa de María. Scotti y Lucas lo vieron pero prefireron no decirle nada, le darían la sorpesa en casa. Se subieron a la moto en dirección a San Juan esquina Colón.

12:45

La decepción no amilanó al negro y a Lucas. Con un poco de "paco" se arregla todo.


Mar del Plata, 24 de diciembre.

20:00

Leonor, Oscar y María están en el hospital. Fuera de peligro.

Scotti y Lucas están preocuopados, no salen. No se saben bien los motivos, pero se intuyen.

Mar del Plata, 30 de diciembre.

21:00


Leonor, con un calmante bajo la lengua, está tumbada en la cama. Perdió la noción del tiempo. Navidad no es una palabra, es un estado emocional. No piensa en el año nuevo. No piensa en nada.

Mar del Plata, 31 de diciembre.

La nota de policiales dice lo siguiente:


Muere el anciano víctima de una salidera

Oscar Rodrigo Altamirano, víctima de una salidera el pasado 19 de diciembre a la salida del Banco Nacional, murió ayer por la tarde después de un paro cardíaco. El paciente, después de varias intervenciones, no pudo sobrevivir a los disparos efectuados por dos jóvenes que circulaban en una moto roja. Los atracadores, supuestamente, siguieron a Oscar Altamirano después de su salida del banco e intentaron robarle. Los disparos se produjeron cuando la víctima intentó defenderse del robo. Después de varios forcejeos y amenazas, le soltaron, aunque aparentemente había pasado el peligro, uno de los delincuentes le dispararó tres tiros -uno al aire, otro a la espalda, que le atravesó el omóplato y llegó a los pulmones, y el tercero en un riñón- y finalmente huyeron sin su botín. Rápidamente llegaron las ambulancias que trasladaron a la víctima al hospital Fabbri donde permaneció Oscar en terapia intensiva hasta ayer a las 19:00 horas cuando sufría un fallo cardio-respiratorio y fallecía al poco tiempo. La policía municipal sigue investigando el caso.

En memoria de Alberto Teodoro Ronco.

Relato N. 1

Había perdido su identidad en un instante que, a pesar de las certezas, había durado más de dos mil años. Pero la identidad se había desmoronado, se desmigajaba inasible al transcurrir los minutos y las horas. Al principio pensó en la mejor manera de mantenerla amarrada y hacerse creer a si mismo que no había cambiado, que era el mismo de antes, que luciría la misma ropa y remedaría los pasos practicados tantas veces con ademán de dominar y comprender la disposición cíclica de las figuras, de los rezos, de los sonidos. Intentó recordar el primer día que había sido él: el hijo del hombre, la santa creación del universo, pero sólo consiguió entrever, a través de algunas lágrimas, la nave de cualquier iglesia a la que, fervientemente desde siempre, pertenecía. Se paró, miró su cuna, tan hermosa, tan perfecta, tan imposible… masculló algunas sílabas inaudibles como partes de una oración mientras sus viejas manos se desenredaban y luego se giró. Su aspecto delataba la decrepitud de un mar que se hubiese secado hace siglos. Caminando lentamente comenzó a descender del pesebre mientras los feligreses asustados no daban crédito a lo que veían; salió agitado de la iglesia, acezando sin parar y, a las doce en punto, bajo un frío acogedor y humano, cogió un taxi con rumbo desconocido.

10 nov 2009

Relato III



Esta ciudad (pensé) es tan horrible que su mera existencia y perduración, aunque en el centro de un desierto secreto, contamina el pasado y el porvenir y de algún modo compromete a los astros.
JORGE LUIS BORGES
El inmortal



Jonás Insberger, la joven promesa de la literatura argentina estaba a punto de culminar su novela. Había recibido un respaldo económico inverosímil para un autor de su edad, veinticinco años y a sus espaldas varios premios en certámenes más o menos juveniles de relatos y poesía. Se había destacado la fluidez de su prosa, su latente y, paradójicamente, esperanzada ironía y la capacidad dramática de sus personajes así como el soporte intelectual que sustentaba tanto sus poemas como sus cuentos de una tradición que parecía encontrarse entre Borges y Shakespeare, según los críticos. Su cara empezaba a hacerse familiar entre los círculos letrados de escritores, escribientes y escribidores que merodeaban entre las universidades, las editoriales, los cafés y los porstíbulos, y paulatinamente fue consagrándose mediáticamente como “el espejo de la trasculturación” debido a su condición de inmigrante y residente en Barcelona, su patria adoptiva. Allí le llegó lo que podríamos considerar, en principio e ignorando los hechos posteriores, su golpe de suerte, al conocer y congraciar con el principal editor de la ciudad y uno de los más importantes del país. KQ (es un seudónimo, naturalmente; no se revelará bajo ninguna circunstancia el verdadero nombre del editor por motivos que se entenderán más adelante) le había seguido de cerca y estaba convencido de que una serie de factores tales como su proyección, su juventud y también -desgraciadamente tenemos que reconocer esto también, aunque sea un hecho tan extraliterario, aunque bien pensado, ¿qué es un hecho literario y dónde deja de serlo?, o más bien, ¿existen fronteras para los hechos literarios?- su belleza convertirían a Jonás en lo que se llama comúnmente un escritor de éxito, un chico que quedaba ideal en las portadas de El Cultural, Babelia y todo el desfile de revistas de variedades que salían en los suplementos. Su carácter, aunque tímido, era accesible a los medios ya que carecía de la violencia que generaban personalidades como Fogwill, Pauls o Bolaño. Jonás era nerudiano en la ingenuidad y esto KQ lo intuía, lo prefiguraba en las solapas de sus próximos libros, en las reseñas futuras donde le ubicarían entre Kundera, Benedetti Cortázar. Debería conquistar a las viejas como Antonio Gala, a las jovencitas como Paul Auster, a los jóvenes ingenuos como Kerouac y a los enfermos como Philip Dick. Y claro, debería vender como Muñoz Molina, como Isabel Allende. Con pasta y citas se compra a cualquier crítico. Era el negocio del año y, como tal, requería de una importante inversión: tendría el dinero que quisiera para no tener que trabajar en otros medios, no quería que desperdiciara ni una de sus frases geniales en perecederas columnas de periódicos, así que le proveería de los recursos suficientes como para que viviera hasta terminar su novela. Es más, con ese dinero podría vivir holgadamente si respetaba los plazos que calculaba entre un año y un año y medio. Incluso viajaría: su nueva obra requeriría de la inspiración que otorgan los nuevos paisajes, los nuevos rostros, los nuevos temores, las nuevas ambiciones. Así que se decidió: la oferta para Jonás era irrechazable, el negocio para KQ se solidificaba y firmaron el contrato. Insberger, que así le llamarían primero porque suena a extranjero, un extranjero con clase, no a sudamericano, como si fuera el fruto de una larga tradición histórica y artística, como irremediablemente artística, y porque a los “grandes” se les conoce por el apellido: Naipaul, Coetzee, Sánchez Dragó. Homero siempre fue una excepción en todo o tal vez el primero en una tradición de excepciones.

Así, Jonás Insberger recibió el primer adelanto de su novela, un tanto ajeno a los enormes planes de su editor, háse de decir en su descargo. Prudentemente, solo hizo unos gastos pertinentes para él pero que omitiremos por su carencia de interés: ya tenía lo que necesitaba: su escritorio, un portátil, café (descafeinado) y una historia que le perseguía. No necesitaba mucho más, detestaba el paradigma de escritor borracho y fumador.
Siguiendo los consejos de su editor y con el objetivo de enriquecer su experiencia personal y literaria emprendió una serie de viajes que pasaron por México DF, New York y unos destinos un tanto más exóticos como Samarcanda o Albania. Su mente volaba entre mil historias, nuevos proyectos, relatos, poemas, novelas, se le aparecían a cada paso, aunque su mente estaba centrada principalmente en Los destinos espirales, su primera obra con una gran editorial. La futura obra, ambiciosísima, pretendía abarcar los destinos de distintos pueblos desde una perspectiva microhistórica en la que presentaría a distintos personajes cuyos linajes se irían entremezclando gracias a la fuerza centrífuga y centrípeta que ejerce el destino, que revela una verdad que únivamente se puede aprehender desde una perspectiva tan lejana que resulta inútil.
El proyecto requería de unos esfuerzos, una planificación, una documentación muy rigurosa pero que nunca se detuvo: Insberger era un poeta pero también un investigador nato. Así aprovechó sus viajes llenando sus libretas de apuntes, esbozos, historias, ideas.
Lentamente, la novela fue tomando forma: los primeros capítulos empezaban a extenderse, a abrirse asimilando una miríada de influencias y temas, de registros y presonajes que avanzaban hacia una historia principal que se empezaría a revelar cerca de la mitad del libro donde los protagonistas, Gina y Jorge, asumirían la voz principal de los hijos del éxodo, de la guerra, de la pobreza y también de la esperanza y la lucha: sería una propuesta vitalista pero dramática, heredera de Tolstoi, de Pasternak así como de Pamuk y Márquez. La novela-río fluye ingenua, ajena a los ciclos ignotos que romperán su curso con la muerte de Jorge cerca del final. Insberger no pude creer lo que ha hecho al matar al protagonista: es consciente de que así derriba la novela, que todas las voces no podían morir en el todavía estéril Jorge: su deceso se había sido precipitado y se podría decir que casi injustificado, dadas las circunstancias. Se podría pensar que Insberger debería haber retrocedido en la escritura y reelaborar la suerte del personaje, lo cual sería una tomadura de pelo para cualquiera que se considere un escritor y no un mero mercader de palabras. Él era plenamente consciente de que ahora no había vuelta atrás, que la historia se tendría que reelaborar y que las voces deberían pasar a otro protagonista, ya que no podían permanecer mudas sin enmudecer también la novela, así que, con varios esquemas mediante, empezó a reelaborar la parte final, el último y gran capítulo que finalmente cerraría el círculo, la perfección esférica de una novela total. Por otro lado, los plazos para entregarla se estrechaban cada vez más puesto que se había excedido algunos meses en la entrega del manuscrito final, y así poco a poco veía menguar su sustento. Intentó apresurarse a terminar el capítulo pero tanto él como sus amigos, atentos críticos como perros de presa, lo consideraron inaceptable para una obra del calibre de Los destinos espirales. Pronto se puso a elaborar otro cierre pero con unos resultados inimaginablemente malos. Lo intentó una y otra vez pero los resultados no dejaban de empeorar y cada nuevo esfuerzo parecía como un escupitajo al conjunto de la obra. La presión de su editor empezó a notarse por primera vez, así como de la prensa, atenta al caso del escritor estrella esperando saber si finalmente emergería o viviría un temprano otoño que lo condenaría al silencio, a la trivialidad de lo perecedero. No puede decirse que se tardara poco en sembrar la duda, pero tampoco se tardó mucho en cuestionar sus capacidades como novelista. Surgieron, obviamente, las voces del “si yo ya lo decía”, los del “no, si no era para tanto”. También las de su círculo más íntimo que se preguntaba constantemente qué habría pasado, qué le había conducido a ese estado de ofuscamiento, como si una nube de tormenta se le hubiera instalado en su imaginación, lo que preocupaba seriamente a su madre y a su novia, una mujer de una paciencia casi infinita que se sentía cerca de sus límites viendo a Jonás desperdiciando horas y horas en palabras que convertía pronto en residuos, en una novela que no iba a ningún lado, haciendo que ella tuviera que doblar sus horas de trabajo una vez se les hubo acabado el dinero. Poco a poco los personajes también se fueron rebelando y mostrándose cada vez más exigentes. No podían permitir el ser condenados al ostrascismo, sus vidas no podían ser en vano, su historia pesaba demasiado como para morirse ahogada en la nada, pero el tiempo transcurría y la historia seguía sin tener un final. Parecía no poder moverse del lugar, aunque lo hacía de una forma casi imperceptible, como el centro de una espiral, como un remolino que atrae todo hacia el abismo.

Relato II

Último deseo

I

Mi psiquiatra, viejo cabrón, yo sé que me espía por las noches, ay Federica, qué no te metas tanto en la sombra que no se te ve nada, vale, vale, no lo volveré a hacer pero si me das anfetas, pero anfetaminas para qué, acaso no sabes que no sirve para salir a la luz, no sé para que sirve, ni me importa, solo quiero un poco de anfetaminas viejo cabrón, Federica mi nombre es Eugenio, recuérdalo E-u-g-e-n-i-o, aahh Eugenio, como el gato que tenía la vecina, ese que maté a punta de golosinas, primero lo golpeé tan fuerte que no podía moverse, miaaaaauuu miaauuuuu y luego comencé a darle de comer magdalenas que era lo único que había en casa y después robé unos dulces en la tienda y se los empecé a embutir, uno tras otro, yo sabía que al gato le gustaban los dulces pero que odiaba la noche, maldito gato si la noche es preciosa viejo cabrón. A mi la noche me incita a salir, Federicaaaa, te esperan los lobos en el booooosque, no, esa es Caperucita, vale vale, le diremos a los lobos. La noche me exhorta y mi habitación me aburre, pues la otra, la del espejo, toda despeinada y sin maquillaje, me mira, ella está muy mal, por Dios que la compadezco, tiene cara de haber matados más gatos que yo, por eso me mira con cara de gato o de conejo o que sé yo. La del espejo y yo tenemos un problema: resulta que todos dicen que ella es igual a mi o que yo soy igual a ella pero yo sé quién soy, yo sé que la chica demacrada y malacarosa del espejo tiene también mi nombre pero cuantas federicas no habrá en el mundo eehh? Además las asesinas de gatos no son muy comunes, bueno, en otros países no son exactamente asesinas, simplemente las llaman carniceras, (Federica, la carnicera, trabajando en China o en Japón) y tampoco suelen aparecer en los espejos ¿o si? Pensándolo bien, creo que ella está obsesionada conmigo, debe ser una espía que ha enviado el viejo, pero no una espía de esas tipo espías alemanes o rusos, no ella no busca información para incriminarme, o para saber en donde me esconden porque ya lo sabe, ella está ahí para acechar mi consciencia, mi lucidez, ella ha sido enviada por el viejo ese, cabrón, para asegurarse de que esté tranquila en este cuarto, de que siga atada a las correas y a los somníferos y de que no vaya a escapar de mi misma, mmm pero no sabe que ya lo he planeado, no sabe que me voy a desdoblar, mierda eso suena doloroso, mejor huiré, no vaya a ser que por las noches la Federica carnicera se dedique también a perseguirme.

Entonces cuando el viejo cabrón este que tanto me mira…yo no me lo imagino cuando joven estudiando en la universidad, tal vez soñando con curar a los enfermos jeje pero si los enfermos no existen viejo…cabrón, el enfermo eres tú, y a veces soy yo, cuando no estoy durmiendo me hago la enferma o salgo a caminar tras de la luna. Pero bueno el viejo enfermo ese del manicomio, al que yo espiaba seguramente no había estudiado mucho, solo había seguido los sabios consejos de su padre, Eugenio, Eugenio, recuerda que la profesión de la abogacía no sólo ha sido desde tiempos inmemoriales uno de los oficios de la familia sino que además es un trabajo de entre los más prestigiosos, pero papá si a mi me la suda el derecho, el derecho que lo busquen los pobres, yo lo que quiero es ser médico, médico! pero si los médicos ganan una mierda y cada semestre me costaría un ojo de la cara, además en los bufetes no solo conseguirás prestigio sino además con tu apellido, mi reconocimiento y nuestra riqueza podrás follarte a todas las compañeras de trabajo que se te pasen por los ojos, eso sí, sin dejar rastro, señor Eugenio, usted no va a ser abogado, los abogados solo juegan, son hábiles como futbolistas o como malabaristas pero no sirven para nada más, tú no te metas niñata loca que esto no es contigo, aahh otro viejo, pero este verde, un viejo verde de tanto vómito acumulado y no expulsado, mejor ni me lo presentes viejo cabrón, prefiero uno cabrón que uno verde. Y bueno el viejo verde o cabrón que dormía haciendo paseos con los gatos me miraba como pidiendo auxilio, Federica, llévame a la luz, pero coño que yo no soy Jesucristo; me pedía auxilio por las noches con la puerta entreabierta y los ojos cerrados o los ojos entreabiertos y la puerta cerrada…no lo sé, bueno el caso es que yo salía a pasear con el viejo y los gatos y yo seguía a la luna pero no la seguía completa porque como la iba a seguir toda si estaba partida, si a Dios le gustaba pegarle mordiscos a la luna y bueno, quien soy yo para decirle a Dios que es lo que tiene que hacer...se supone que es él quien nos dice lo que debemos hacer ¿no? Pero yo nunca lo he visto, ni he hablado con él, aunque el viejo cabrón me dice que está en todas partes…otro espía, seguro. Llegar a la luna no era una misión fácil pues no conocía yo a nadie que hubiera llegado a ella, bueno a los astronautas pero no estaban dentro de mi círculo de amigos y tampoco me parecían de fiar, uno no entrena para llegar a la luna, una llega y ya está, es como follar, una no entrena pa’ follar, una folla y ya está.

II

Un día he de volver salir y llegaré al fondo de la luna, como cuando los hombres cavan los túneles para llegar al fondo de la tierra, así mismo yo seré la primera mujer en llegar al fondo de la luna con un gato en mano y un viejo al hombro, y en vez de sacarle las entrañas a la tierra poco a poco yo se las sacaré a la luna de tajo, zuas, sin esperar que los otros ayuden, porque el trabajo de muchas manos es trabajo en vano, yo no esperaré más que la noche para ir al fondo del asunto, para encontrar los misterios de Eugenio y así entender porque me espía pero primero porque estoy en ese sitio donde Eugenio, el hijo del viejo cabrón verde, me mira como a un ratón antes de una prueba de laboratorio, un ratoncito de esos que solo quiere romper tuberías y producir gritos de hombres y mujeres por igual, pero al que tratan como a un pavo antes de noche vieja: lo atiborran de comida a todas horas, y le siguen pasando más y más merienda, coño, qué bien comen los pavos esos jodidos!!! para después hacer con él lo que hacen con los indiesitos en América: matarlos, para ver la forma más adecuada de morir; pero no me quedaré yo en la investigación de Eugenio y sus ratoncitos también escarbaré en las entrañas de la luna para encontrar alguno de los dientes que seguramente Dios había perdido al morder la luna, porque no nos digamos mentiras Dios ya está viejo, seguramente se le caen los dientes y ha de necesitar su buena dosis de viagra si quiere seguir siendo reconocido como El Señor; finalmente descubriré no solo a la Federica del espejo de mi habitación sino también a la que aparece en los baños, las facciones de federicas que aparecen en el suelo, en los espejos rotos del patio, es como si ella o ellas se deshicieran de sus partes para intentar despistarme…saben que en cualquier momento las mataré y saben que empezaré por ellas y acabaré con Dios.

III

Pero aunque he intentado sobornar al guardia prometiéndole un polvo que jamás olvidaría, creo que me retienen por haber cumplido los deseos de mamá, por haber amado a Laura, por haber acabado con el sol y querer encontrar el centro de la luna en una noche regada de deleite.

Esa noche, como yo siempre había sido una niña mala, según papá, y Laura me decía que era buena, que siguiera así, pues yo le hice caso a ella y salí a buscar prestadas las herramientas que nos faltaban al gato y a mí para la labor. Llevaba en mis bolsillos un frasco de estricnina que había prometido a una amiga de Laura a cambio de un poco de pólvora negra, porque a mi me gustan los negros y las negras y además me habían recomendado muy bien a esta vieja amiga a quién conocía desde hace tiempos cuando vivía con Laura. Ella es tan hermosa, tiene los ojos saltones como dos pezones que estallan en una caricia, como un chorro de semen eyaculado desde las profundidades del infierno; sus manos estaban hechas para tocar, para explorar, para ejecutar los ritos paganos de los que habíamos sido creadoras una noche de penumbra mientras nuestras caderas reñían y reían inconstantes al ritmo del fuego que se encendía en la chimenea, Laura parecía la profeta de una nueva religión, su pelo rojo era el signo de que el fuego que ardía en nuestras miradas no era el simple producto de reacciones químicas o de ambiciones apaciguadas y recalcitrantes, sino que estábamos destinadas a sustituir al sol por la luna en una noche en la que Dios rogaría no habernos creado, ni haberlo creado.

La encontré en la estación, esperándome. Mi boca evitó la suya pues sabíamos que al juntarse nuestros labios no repararíamos en hacer el amor ahí mismo. Me dio a la negra, ay caray, como gozaré yo esta noche con la negra, vamos a encender al astro rey, bailaremos con lobos mientras las entrañas van cayendo como pepitas de oro y se van esparciendo por la tierra, por el mar. Me despedí de Laura y le prometí esperarla allí, pero ella me miró con los ojos llenos de lágrimas y se llevó el pequeño frasco como si guardara en él las palabras que no me quiso decir. Yo tenía la mente fija en una sola idea: el cuadro que colgaba en nuestra habitación donde se veía a la luna, vestida de cuero rojo y con los labios negros asesinando a un sol que comenzaba a apagarse, a un sol y cuyos rayos parecían penes que se iban deformando y transformando en cruces, en esvásticas, en puños débiles y serviles. Aunque recordaba vagamente la dirección y no quería saberla tampoco, logré llegar a la casa y entre tanta gente desconocida me escabullí vestida de loca, jejeje, y esperé en su habitación hasta que llegara. Ya había preparado la orgía de colores que pronto traspasaría esta habitación y me imaginé vestida de cuero rojo, con una bella daga con forma de gato en mi mano y dispuesta a colonizar el sol, a conquistar el infierno y adueñarme del fuego, como lo habíamos hecho Laura y yo. Esperé en el baño de la habitación, sabía que subiría a traer más regalos, y cuando entró lo miré desde la bañera sin que se percatara de mi presencia y poco a poco fui saliendo de la sombra, hasta que, sintiendo una respiración en la nuca, se dio la vuelta y me miró aterrado. Le dije: si Enrique, soy yo. Han pasado muchos años desde que me largué y he tenido el tiempo suficiente para amar y crear con tranquilidad. Hoy no he venido a recriminarte lo que me hiciste, ni a decirte que te podría odiar con mi alma y todo mi cuerpo; hoy he venido a traerte un regalo, por todo lo que hiciste por mí. Pensarás que he sido una ingrata pero no es así; solo necesitaba tiempo para pensar las cosas, para aclarar mis ideas. Cuando los dejé a los dos, mamá se puso muy triste y no dejaba de llamarme y buscarme, parecía enloquecida por mi ausencia, como si al irme yo se estuviese yendo la tranquilidad que tan mal habíamos fingido. No supe que día murió ni acudí al entierro, y aunque contacté con muchos de sus amigos, nadie supo darme explicación de la forma en que había muerto. Aunque no estuve presente, sabes que estaba allí. Ahora quiero dejarte un regalo que significa mi perdón y representa el recuerdo de mamá, a quien llevaré siempre conmigo. Lo he dejado en tú cama, sí, es ese que ves allí, me gustaría que lo abrieras en privado, cuando tus amigos se hallan ido. En ese momento, me despedí, le dije que tal vez nos volveríamos a ver, aunque estaba segura de que no sería así. La luna había dejado el puñal en la cama. La luna brillaba fulgurante en su vestido rojo mientras descendía las escaleras del infierno, que se travestía de casa llena de personas hurañas, que se amistaban con el sol. Todos me miraban como a aquel ratón del laboratorio, todos se preguntaban por qué estaba allí. Tras de mí dejé la casa y empecé a correr:10…9…8…7…6…5…4…3…2…uuunoo…me di la vuelta y todos mis federicas se arremolinaron en mi cabeza, explota, sueña, ama, crea, folla, sufre, pero ante todo: véngate! Después del estallido del sol, los pedazos comenzaron a caer como pepitas, si que bellas, recógelas Federica, conseguirás un recuerdo inolvidable, coño pero si están hirviendo, es normal, después de la eclosión no podía esperar encontrarme un remanso de frío en sus cuerpos. Tomé la dirección Este y comencé a santificar los restos de mi padre en forma de maldición: no he tenido que violarte irrepetibles noches para que estallaras por dentro viejo cabrón, no has tenido que llorar mil golpes y hematomas que escanciabas a nuestros aciagos días, no he tenido que ver como asesinabas a Mamá y la familia te encubría so pena de perder los beneficios económicos que les prodigabas, te he regalado la más digna muerte que alguien te podría haber deseado y he cumplido esta noche la última voluntad de mamá: Federica, sé feliz.

9 nov 2009

Relato I




I
Lord B. soltó una pomposa carcajada. Los carrillos se le inflaron, enrojecieron y lentamente fueron recuperando su tono rosado. Alargó la mano y asió la copa con sus dedos rechonchos. Bebió y paladeó mientras los pelillos del bigote, teñidos por el vino, se agitaban con el movimiento de la mandíbula. Reprimió un eructó y, al fin, levantó la vista y lo miró:

-Y lo peor es que no bromeáis, ¿no es cierto, Samuel?

Samuel se sonrió y se apartó el pelo rubio que le caía sobre el hombro izquierdo con un ademán afeminado.

-No bromeo. Miss Bennam es una mujer encantadora.

Lord B. volvió a estallar en una carcajada. Algunas gotas de saliva chocaron contra el vidrio de la mesilla. Samuel sorbió el té pacientemente.
-¿Mujer? ¿Mujer, decís? Ancestro más bien, diría yo. Condenación, Samuel, el trasero de Miss Bennam –el bigote bailoteó-- es un trasero de viuda, arrugado como una uva secada al sol en pleno Agosto. Bromeáis, después de todo bromeáis. Bien poco tiene de encantador el trasero de una cuarentona.

-Y, si no recuerdo mal, B., cuarenta son precisamente los años que tenéis.

-Condenación, Samuel, sí, pero vos acariciáis los veinte. Y de qué modo. Vamos, Samuel, pretendéis humillarme, pretendéis que os adule, ¿no es cierto? --rió-- De acuerdo, me humillaré, por divertiros. Sois guapo. Más que guapo, diría yo, bello. Sí, bello. Y sois consciente de que con vuestro amaneramiento, vuestra elegancia y vuestra cortesía suscitáis risitas coquetas y juguetonas entre las jovencitas. Jovencitas con el trasero firme. Vamos, sois un Dorian Gray.

Samuel echó la cabeza hacia atrás y rió, resplandeciente, con una risa que poco se parecía a la de Lord B:

-Voy a tener que pediros matrimonio un día de estos. Lo habéis conseguido, me divierto. ¿Creéis entonces que guardo un cuadro místico tras el biombo de mi dormitorio? ¿Un cuadro que envejece por mí? No me asusta la vejez, B.

-Pues debería. Me equivoqué antes, sois el perfecto antagonista de Dorian. La vejez es un estado terrible, Samuel, aborrecible, arrugado como el trasero de Miss Bennam. Te despiertas, miras a un lado, y allí está tu mujer, tu señora, una señora embutida en un camisón de seda. Uno se dedica a sentarse ante la chimenea y deshojar recuerdos. Y a arrepentirse, condenación, sobre todo a arrepentirse. Coged la juventud con ambas manos, con fuerza, antes de que se os escurra como agua entre los dedos. Divertíos, Samuel, mientras vuestro aspecto os lo permita, divertíos y pellizcad todos los culos que podáis.

-Exageráis. –Sonrió de nuevo, enseñando los dientes.-- Ayer, en la ceremonia, os vi pellizcar unas cuantas nalgas.

Lord B se sirvió más vino mientras se carcajeaba.

-Es cierto, sí. Pero, a la mañana siguiente, allí estaba mi mujer. No podéis comparar a mi Martha con vuestra Penélope. Y sin embargo habéis dicho que Miss Bennam es “encantadora”. Condenación, ¿por qué Miss Bennam sí y mi mujer no?

Samuel dejó, entretenido con la conversación, la taza de porcelana sobre el libro que le servía de pisapapeles.

-Estáis frivolizando sobremanera. Yo sigo mi propio criterio. –Lord B arqueó las cejas, expectante-. La atracción es compleja y misteriosa, se despierta por no sabemos bien qué mecanismos irracionales. A vos, por ejemplo, os fascinan los traseros diminutos. Otros prefieren los cuellos perfumados con almizcle, y es bien sabido que Lord H enloquece con los pechos en forma de magdalena.

-¿Y qué os atrae a vos, Samuel?

-Los libros.
Lord B empezaba a cansarse de aquel diálogo. “Los libros”, pensó. Aunque saltaba a la vista, solo en ese momento había advertido que había muchos libros. Muchísimos, de hecho. El palacete de Samuel era poco menos que una biblioteca, un almacén de reliquias literarias. Incluso allí, en el jardincillo, las lilas no conseguían tapar el tufo de las páginas amarillentas.

Se carcajeó una vez más antes de incorporarse.

-Bromeabais, después de todo. Se hace tarde y casi he acabado con el vino. Exquisito, Samuel. Seguro que mejor que el té, claro que, condenación, poco hay peor que el té. Sea como sea, como correcto inglés no puedo rechazar la invitación a un té y, si nos retrasamos, Miss F nos mandará abofetear.

-Desde luego, vuestra tía tiene un poderoso carácter. Vamos pues.
Dejaron el jardincillo, donde ahora el servicio recogía la vajilla y se vistieron abrigos y sombreros. Antes de salir, ya con la puerta abierta, Lord B echó un vistazo a la librería.


II
Samuel se quitó con gracia la servilleta que se había enganchado al cuello de la camisa. Se limpió los labios con unos golpecitos, la dobló cuidadosamente y la dejó sobre la mesa.

-Si me disculpa, Miss F, me gustaría curiosear un rato por su espléndida biblioteca.

La anciana lo miró desde el otro lado de la mesa, con una sonrisa bobalicona de oreja a oreja y unos ojos acuosos.

-Id, id, querido Samuel, entreteneos el tiempo que os haga falta. Yo, con mi terrible vista, apenas le doy uso. Margaret sí, suele llevar esa fea lupa a todas partes. Yo siempre le digo “Margaret, querida, no debes llevar esa fea lupa a todas partes”. Puede que os la encontréis por el pasillo, a la prima Margaret. No os asustéis, querido, la quiero mucho, pero está un poco chalada. ¿No es cierto, Lord B?

Samuel recorría el pasillo afelpado, rumbo a la biblioteca. Tenía un andar ágil y elegante, apenas dejaba huella sobre la alfombra verde. Había, colgadas como un friso continuo, algunas lámparas que proyectaban su sombra sobre la pared; una sombra esbelta y trémula. Apoyó una mano en el inicio de la barandilla que conducía al piso superior. No bien hubo subido un par de peldaños, graznó una puerta y una luz naranja iluminó el corredor. Descendió y, curioso, se asomó a la habitación.

Aquella tenía que ser Margaret, sin duda. La vieja estaba sentada, encogida sobre una mesa de roble. Aunque desde su posición no alcanzaba a verla con claridad, Samuel sabía que leía. Por el olor. Abrió disimuladamente un poco más el ángulo de la puerta. Sí, leía. El destello de una vela bailoteaba en el cristal de una lupa enorme, contra la que Margaret apretaba su también enorme nariz. Por el esfuerzo de la lectura, los ojos se le achinaban, marcando unos profundos surcos en la piel de alrededor. Con manos venosas y huesudas pasaba trabajosamente cada página. Respiraba por la boca con dificultad. Con cada resoplido dejaba entrever unos pocos y carcomidos dientes, al tiempo que el pecho se elevaba y descendía, rítmicamente. Llevaba únicamente un camisón fino, así que bajo la tela Samuel podía adivinar las formas del vientre y el ombligo, cuajado de verrugas. Podía adivinar, en su vaivén respiratorio, la silueta de unos senos escuálidos y caídos, eczematosos, que golpeteaban contra el abdomen. Abajo, los pezones grandes terminados en punta.

El pulso de Samuel se aceleró. Olía a libro. Metió un pie en la habitación. Desde el vestíbulo alguien lo llamó. Se dio la vuelta, con prisas, y se fue.

En su habitación, a Margaret le pareció haber visto, durante un momento, una melena rubia y unos ojos grises que la observaban fijamente.

III
La joven Penélope sollozaba, tendida teatralmente sobre la cama con dosel. Un aya le acariciaba la espalda. Por enésima vez, de un modo casi maquinal, le dijo:

-Anímese, señorita, cualquier joven querría tenerla por esposa.

Penélope se enjugó las lágrimas una vez más, sorbió los mocos y se incorporó. Se miró en un espejito con mango de nácar que, en un arrebato violento, lanzó contra la pared. Se le agitaron los rizos negros. Al fin, de su cuerpo de porcelana salió una voz insolente y chillona:

-¿Cualquier joven, dices? ¿Cualquier joven? Cualquier joven excepto él. Oh, Samuel, ¿por qué? –crispó las manos, en forma de garra. —Juro que… que…

Pataleó y se dejó caer entre los almohadones. Algunas plumas revolotearon por la habitación.

-Señorita, serénese. – el aya adoptó un acento artificial que parecía ensayado. —No es propio de una dama de su posición comportarse de esa manera.

-¡Oh, Samuel! Yo lo amaba, Rose, lo amaba. Y de pronto, la víspera de nuestro compromiso… esto, Rose, esto. ¡Mi vestido era tan hermoso!

Por “esto”, Penélope se refería a una carta que había, estrujada y húmeda, en el suelo. La recogió, la alisó y la leyó de nuevo. Ya se la había aprendido de memoria.

-Enamorado de otra, Rose. ¡Ama a otra! ¡A otra! Sí, Rose, así lo dice: “Amo a otra”. ¿Sabes? A mí nunca me dijo que me amaba. Y fíjate, no hay lágrimas sobre el papel, es una carta tan fría… No me ama, Rose, ¡ama a otra! ¿Cómo puede amar a otra?

-Señorita, el señorito Samuel, si me permitís, siempre me ha parecido, cómo decirlo, algo extravagante. No encontrará nada mejor que la señorita Penélope.

-Sin embargo lo ha encontrado.

-¿No os ha dado ninguna explicación?

-Sí, Rose. Una burda excusa sinsentido. Oh, Samuel, ¿por qué? ¿No merezco al menos una razón digna? ¿Sabes lo que dice la carta, Rose?
Penélope, todavía sentada en la cama, arrugó la nariz y se sonrojó perceptiblemente.

-Dice que no… que mi olor no le gusta.

-¿Su olor?

-Sí, oh Rose. ¿Verdad que es estúpido, Rose? Dice que mi olor no le gusta, que es “falso”. Dice que ella es en cambio como un libro viejo. Sí, “como un volumen antiguo cuyas letras vuelan en el viento, cuyas ajadas páginas hablan de un pasado próspero, cuyo arrugado lomo soporta, corrompido, el peso de la madurez”. Yo me pregunto, Rose, qué hay de bello en eso. Como un libro viejo… Qué estúpida excusa, oh, Samuel.
Sin darse cuenta, Penélope se limpió los mocos con la carta. La caligrafía, cuidada y formal, racional, se fue desdibujando lentamente.
IV
Miss Margaret forcejeaba con un corpiño. Apoyó las manos en la mesa por un momento y miró el ramo de flores que había sobre la repisa de la ventana. Un enorme ramo que había recibido por la mañana, sin remitente. Las flores eran de papel.

Una enfermera entró en la habitación.

-¿Has visto qué petunias tan frescas me ha enviado primo Alfred? Qué pícaro ha sido siempre.

-Margaret, su primo Alfred falleció hace más de treinta años.

-Ah, Alfred. –La abuela miró al techo, ignorando a la enfermera. —Qué gracia tienes para subirme las enaguas, picaruelo, los domingos en la verbena. —Calló por un momento, con la mirada perdida en un tiempo remoto. --¿Has visto qué geranios tan frescos?

-Vamos, Margaret, termine de vestirse. Es la hora de la cena.

La enfermera dejó la habitación, resoplando e inflando las aletas de la nariz en un vano intento por quitarse aquella peste a periódico mojado. Mientras avanzaba por el pasillo con andar decidido, se cruzó con un joven de melena rubia.

Samuel se detuvo frente a la puerta. Le temblaban las manos. Carraspeó y se acomodó el pañuelo malva que llevaba enlazado al cuello. Abrió la puerta y se encontró frente a Margaret, que aún lidiaba con la prenda.

Cuando entró, cerró la puerta tras de sí con el pie. Inspiró.
-Hola, Miss Margaret. ¿Necesitáis ayuda con ese corpiño?

V
-Por cierto, Samuel. –Lord B lo miró con indiferencia—No sé si llegasteis a conocer a Miss Margaret, esa viejita senil. Ha muerto.

Samuel se atragantó con el té y tosió con rudeza. Empalideció, pero Lord B no se dio cuenta. Movió gravemente la cabeza de un lado a otro, bamboleando el bigote, y prosiguió.

-De un ataque al corazón. Sufría desde hacía tiempo una afección cardíaca que la debilitaba terriblemente. Algo debió de causarle impresión, Samuel, a la pobre anciana; algo le sacudió las hormonas como en un tiovivo. Una pena, me era simpática la vieja. Poca gente más peculiar habré conocido. Fijaos que hasta pidió en su testamento que la enterraran con sus libros. Sí, una vez, hará años…

Pero no llegó a concluir la frase. La anécdota quedó flotando, estática, en la brisa nocturna. Samuel se había levantado de repente, derribando la silla. El gris de sus ojos presentaba una expresión confusa que Lord B había visto pocas veces, jamás en Samuel. El joven, parecía, tenía miedo; mucho miedo, estaba aterrado.

-Lord B, tendréis que excusarme –farfulló—. Tengo que…

Dio la espalda a Lord B y corrió con pasos torpes por el caminito empedrado, tropezando con el escalón de entrada.

VI
Jadeante, Samuel empujó la verja.

El lúgubre chirrido que produjo le habría hecho tiritar, si no fuera porque ya tiritaba. Su aliento blanquecino bailaba delante de él. Tenía frío. Se frotó los hombros con vigor y, después, las manos. Las olió. Olían todavía a libro viejo. Avanzó dando traspiés por lo que, creía, era la senda principal. No estaba seguro, porque no había ni rastro de la luna aquella noche. A ambos lados del camino se perfilaba la silueta de unos espigados árboles, terminados en punta. Se detuvo un momento, clavando la pala en el barro. Un ratoncito le correteó por los pies.

Bajo sus zapatos, la tierra blanda se sustituyó por un material consistente. Se puso en cuclillas y palpó. Era una lápida.

Agazapado en la oscuridad, fue leyendo cada uno de los epitafios; docenas, centenares de epitafios. Y lo encontró. El mármol de la lápida emitía destellos azules, porque era más nuevo que los demás. Miró hacia abajo, el hueco del ataúd aún no estaba por completo cubierto de tierra.

Samuel se arrojó al agujero y oyó un crujido de madera. No necesitaba la pala, cavó con las uñas. Abrió con ambas manos el ataúd. Agrandó las pupilas cuando vio el corpiño. Mientras lo desabrochaba, con habilidad, inspiró profundamente.