30 dic 2009

Relato N. 1

Había perdido su identidad en un instante que, a pesar de las certezas, había durado más de dos mil años. Pero la identidad se había desmoronado, se desmigajaba inasible al transcurrir los minutos y las horas. Al principio pensó en la mejor manera de mantenerla amarrada y hacerse creer a si mismo que no había cambiado, que era el mismo de antes, que luciría la misma ropa y remedaría los pasos practicados tantas veces con ademán de dominar y comprender la disposición cíclica de las figuras, de los rezos, de los sonidos. Intentó recordar el primer día que había sido él: el hijo del hombre, la santa creación del universo, pero sólo consiguió entrever, a través de algunas lágrimas, la nave de cualquier iglesia a la que, fervientemente desde siempre, pertenecía. Se paró, miró su cuna, tan hermosa, tan perfecta, tan imposible… masculló algunas sílabas inaudibles como partes de una oración mientras sus viejas manos se desenredaban y luego se giró. Su aspecto delataba la decrepitud de un mar que se hubiese secado hace siglos. Caminando lentamente comenzó a descender del pesebre mientras los feligreses asustados no daban crédito a lo que veían; salió agitado de la iglesia, acezando sin parar y, a las doce en punto, bajo un frío acogedor y humano, cogió un taxi con rumbo desconocido.

No hay comentarios: