9 nov 2009

Relato I




I
Lord B. soltó una pomposa carcajada. Los carrillos se le inflaron, enrojecieron y lentamente fueron recuperando su tono rosado. Alargó la mano y asió la copa con sus dedos rechonchos. Bebió y paladeó mientras los pelillos del bigote, teñidos por el vino, se agitaban con el movimiento de la mandíbula. Reprimió un eructó y, al fin, levantó la vista y lo miró:

-Y lo peor es que no bromeáis, ¿no es cierto, Samuel?

Samuel se sonrió y se apartó el pelo rubio que le caía sobre el hombro izquierdo con un ademán afeminado.

-No bromeo. Miss Bennam es una mujer encantadora.

Lord B. volvió a estallar en una carcajada. Algunas gotas de saliva chocaron contra el vidrio de la mesilla. Samuel sorbió el té pacientemente.
-¿Mujer? ¿Mujer, decís? Ancestro más bien, diría yo. Condenación, Samuel, el trasero de Miss Bennam –el bigote bailoteó-- es un trasero de viuda, arrugado como una uva secada al sol en pleno Agosto. Bromeáis, después de todo bromeáis. Bien poco tiene de encantador el trasero de una cuarentona.

-Y, si no recuerdo mal, B., cuarenta son precisamente los años que tenéis.

-Condenación, Samuel, sí, pero vos acariciáis los veinte. Y de qué modo. Vamos, Samuel, pretendéis humillarme, pretendéis que os adule, ¿no es cierto? --rió-- De acuerdo, me humillaré, por divertiros. Sois guapo. Más que guapo, diría yo, bello. Sí, bello. Y sois consciente de que con vuestro amaneramiento, vuestra elegancia y vuestra cortesía suscitáis risitas coquetas y juguetonas entre las jovencitas. Jovencitas con el trasero firme. Vamos, sois un Dorian Gray.

Samuel echó la cabeza hacia atrás y rió, resplandeciente, con una risa que poco se parecía a la de Lord B:

-Voy a tener que pediros matrimonio un día de estos. Lo habéis conseguido, me divierto. ¿Creéis entonces que guardo un cuadro místico tras el biombo de mi dormitorio? ¿Un cuadro que envejece por mí? No me asusta la vejez, B.

-Pues debería. Me equivoqué antes, sois el perfecto antagonista de Dorian. La vejez es un estado terrible, Samuel, aborrecible, arrugado como el trasero de Miss Bennam. Te despiertas, miras a un lado, y allí está tu mujer, tu señora, una señora embutida en un camisón de seda. Uno se dedica a sentarse ante la chimenea y deshojar recuerdos. Y a arrepentirse, condenación, sobre todo a arrepentirse. Coged la juventud con ambas manos, con fuerza, antes de que se os escurra como agua entre los dedos. Divertíos, Samuel, mientras vuestro aspecto os lo permita, divertíos y pellizcad todos los culos que podáis.

-Exageráis. –Sonrió de nuevo, enseñando los dientes.-- Ayer, en la ceremonia, os vi pellizcar unas cuantas nalgas.

Lord B se sirvió más vino mientras se carcajeaba.

-Es cierto, sí. Pero, a la mañana siguiente, allí estaba mi mujer. No podéis comparar a mi Martha con vuestra Penélope. Y sin embargo habéis dicho que Miss Bennam es “encantadora”. Condenación, ¿por qué Miss Bennam sí y mi mujer no?

Samuel dejó, entretenido con la conversación, la taza de porcelana sobre el libro que le servía de pisapapeles.

-Estáis frivolizando sobremanera. Yo sigo mi propio criterio. –Lord B arqueó las cejas, expectante-. La atracción es compleja y misteriosa, se despierta por no sabemos bien qué mecanismos irracionales. A vos, por ejemplo, os fascinan los traseros diminutos. Otros prefieren los cuellos perfumados con almizcle, y es bien sabido que Lord H enloquece con los pechos en forma de magdalena.

-¿Y qué os atrae a vos, Samuel?

-Los libros.
Lord B empezaba a cansarse de aquel diálogo. “Los libros”, pensó. Aunque saltaba a la vista, solo en ese momento había advertido que había muchos libros. Muchísimos, de hecho. El palacete de Samuel era poco menos que una biblioteca, un almacén de reliquias literarias. Incluso allí, en el jardincillo, las lilas no conseguían tapar el tufo de las páginas amarillentas.

Se carcajeó una vez más antes de incorporarse.

-Bromeabais, después de todo. Se hace tarde y casi he acabado con el vino. Exquisito, Samuel. Seguro que mejor que el té, claro que, condenación, poco hay peor que el té. Sea como sea, como correcto inglés no puedo rechazar la invitación a un té y, si nos retrasamos, Miss F nos mandará abofetear.

-Desde luego, vuestra tía tiene un poderoso carácter. Vamos pues.
Dejaron el jardincillo, donde ahora el servicio recogía la vajilla y se vistieron abrigos y sombreros. Antes de salir, ya con la puerta abierta, Lord B echó un vistazo a la librería.


II
Samuel se quitó con gracia la servilleta que se había enganchado al cuello de la camisa. Se limpió los labios con unos golpecitos, la dobló cuidadosamente y la dejó sobre la mesa.

-Si me disculpa, Miss F, me gustaría curiosear un rato por su espléndida biblioteca.

La anciana lo miró desde el otro lado de la mesa, con una sonrisa bobalicona de oreja a oreja y unos ojos acuosos.

-Id, id, querido Samuel, entreteneos el tiempo que os haga falta. Yo, con mi terrible vista, apenas le doy uso. Margaret sí, suele llevar esa fea lupa a todas partes. Yo siempre le digo “Margaret, querida, no debes llevar esa fea lupa a todas partes”. Puede que os la encontréis por el pasillo, a la prima Margaret. No os asustéis, querido, la quiero mucho, pero está un poco chalada. ¿No es cierto, Lord B?

Samuel recorría el pasillo afelpado, rumbo a la biblioteca. Tenía un andar ágil y elegante, apenas dejaba huella sobre la alfombra verde. Había, colgadas como un friso continuo, algunas lámparas que proyectaban su sombra sobre la pared; una sombra esbelta y trémula. Apoyó una mano en el inicio de la barandilla que conducía al piso superior. No bien hubo subido un par de peldaños, graznó una puerta y una luz naranja iluminó el corredor. Descendió y, curioso, se asomó a la habitación.

Aquella tenía que ser Margaret, sin duda. La vieja estaba sentada, encogida sobre una mesa de roble. Aunque desde su posición no alcanzaba a verla con claridad, Samuel sabía que leía. Por el olor. Abrió disimuladamente un poco más el ángulo de la puerta. Sí, leía. El destello de una vela bailoteaba en el cristal de una lupa enorme, contra la que Margaret apretaba su también enorme nariz. Por el esfuerzo de la lectura, los ojos se le achinaban, marcando unos profundos surcos en la piel de alrededor. Con manos venosas y huesudas pasaba trabajosamente cada página. Respiraba por la boca con dificultad. Con cada resoplido dejaba entrever unos pocos y carcomidos dientes, al tiempo que el pecho se elevaba y descendía, rítmicamente. Llevaba únicamente un camisón fino, así que bajo la tela Samuel podía adivinar las formas del vientre y el ombligo, cuajado de verrugas. Podía adivinar, en su vaivén respiratorio, la silueta de unos senos escuálidos y caídos, eczematosos, que golpeteaban contra el abdomen. Abajo, los pezones grandes terminados en punta.

El pulso de Samuel se aceleró. Olía a libro. Metió un pie en la habitación. Desde el vestíbulo alguien lo llamó. Se dio la vuelta, con prisas, y se fue.

En su habitación, a Margaret le pareció haber visto, durante un momento, una melena rubia y unos ojos grises que la observaban fijamente.

III
La joven Penélope sollozaba, tendida teatralmente sobre la cama con dosel. Un aya le acariciaba la espalda. Por enésima vez, de un modo casi maquinal, le dijo:

-Anímese, señorita, cualquier joven querría tenerla por esposa.

Penélope se enjugó las lágrimas una vez más, sorbió los mocos y se incorporó. Se miró en un espejito con mango de nácar que, en un arrebato violento, lanzó contra la pared. Se le agitaron los rizos negros. Al fin, de su cuerpo de porcelana salió una voz insolente y chillona:

-¿Cualquier joven, dices? ¿Cualquier joven? Cualquier joven excepto él. Oh, Samuel, ¿por qué? –crispó las manos, en forma de garra. —Juro que… que…

Pataleó y se dejó caer entre los almohadones. Algunas plumas revolotearon por la habitación.

-Señorita, serénese. – el aya adoptó un acento artificial que parecía ensayado. —No es propio de una dama de su posición comportarse de esa manera.

-¡Oh, Samuel! Yo lo amaba, Rose, lo amaba. Y de pronto, la víspera de nuestro compromiso… esto, Rose, esto. ¡Mi vestido era tan hermoso!

Por “esto”, Penélope se refería a una carta que había, estrujada y húmeda, en el suelo. La recogió, la alisó y la leyó de nuevo. Ya se la había aprendido de memoria.

-Enamorado de otra, Rose. ¡Ama a otra! ¡A otra! Sí, Rose, así lo dice: “Amo a otra”. ¿Sabes? A mí nunca me dijo que me amaba. Y fíjate, no hay lágrimas sobre el papel, es una carta tan fría… No me ama, Rose, ¡ama a otra! ¿Cómo puede amar a otra?

-Señorita, el señorito Samuel, si me permitís, siempre me ha parecido, cómo decirlo, algo extravagante. No encontrará nada mejor que la señorita Penélope.

-Sin embargo lo ha encontrado.

-¿No os ha dado ninguna explicación?

-Sí, Rose. Una burda excusa sinsentido. Oh, Samuel, ¿por qué? ¿No merezco al menos una razón digna? ¿Sabes lo que dice la carta, Rose?
Penélope, todavía sentada en la cama, arrugó la nariz y se sonrojó perceptiblemente.

-Dice que no… que mi olor no le gusta.

-¿Su olor?

-Sí, oh Rose. ¿Verdad que es estúpido, Rose? Dice que mi olor no le gusta, que es “falso”. Dice que ella es en cambio como un libro viejo. Sí, “como un volumen antiguo cuyas letras vuelan en el viento, cuyas ajadas páginas hablan de un pasado próspero, cuyo arrugado lomo soporta, corrompido, el peso de la madurez”. Yo me pregunto, Rose, qué hay de bello en eso. Como un libro viejo… Qué estúpida excusa, oh, Samuel.
Sin darse cuenta, Penélope se limpió los mocos con la carta. La caligrafía, cuidada y formal, racional, se fue desdibujando lentamente.
IV
Miss Margaret forcejeaba con un corpiño. Apoyó las manos en la mesa por un momento y miró el ramo de flores que había sobre la repisa de la ventana. Un enorme ramo que había recibido por la mañana, sin remitente. Las flores eran de papel.

Una enfermera entró en la habitación.

-¿Has visto qué petunias tan frescas me ha enviado primo Alfred? Qué pícaro ha sido siempre.

-Margaret, su primo Alfred falleció hace más de treinta años.

-Ah, Alfred. –La abuela miró al techo, ignorando a la enfermera. —Qué gracia tienes para subirme las enaguas, picaruelo, los domingos en la verbena. —Calló por un momento, con la mirada perdida en un tiempo remoto. --¿Has visto qué geranios tan frescos?

-Vamos, Margaret, termine de vestirse. Es la hora de la cena.

La enfermera dejó la habitación, resoplando e inflando las aletas de la nariz en un vano intento por quitarse aquella peste a periódico mojado. Mientras avanzaba por el pasillo con andar decidido, se cruzó con un joven de melena rubia.

Samuel se detuvo frente a la puerta. Le temblaban las manos. Carraspeó y se acomodó el pañuelo malva que llevaba enlazado al cuello. Abrió la puerta y se encontró frente a Margaret, que aún lidiaba con la prenda.

Cuando entró, cerró la puerta tras de sí con el pie. Inspiró.
-Hola, Miss Margaret. ¿Necesitáis ayuda con ese corpiño?

V
-Por cierto, Samuel. –Lord B lo miró con indiferencia—No sé si llegasteis a conocer a Miss Margaret, esa viejita senil. Ha muerto.

Samuel se atragantó con el té y tosió con rudeza. Empalideció, pero Lord B no se dio cuenta. Movió gravemente la cabeza de un lado a otro, bamboleando el bigote, y prosiguió.

-De un ataque al corazón. Sufría desde hacía tiempo una afección cardíaca que la debilitaba terriblemente. Algo debió de causarle impresión, Samuel, a la pobre anciana; algo le sacudió las hormonas como en un tiovivo. Una pena, me era simpática la vieja. Poca gente más peculiar habré conocido. Fijaos que hasta pidió en su testamento que la enterraran con sus libros. Sí, una vez, hará años…

Pero no llegó a concluir la frase. La anécdota quedó flotando, estática, en la brisa nocturna. Samuel se había levantado de repente, derribando la silla. El gris de sus ojos presentaba una expresión confusa que Lord B había visto pocas veces, jamás en Samuel. El joven, parecía, tenía miedo; mucho miedo, estaba aterrado.

-Lord B, tendréis que excusarme –farfulló—. Tengo que…

Dio la espalda a Lord B y corrió con pasos torpes por el caminito empedrado, tropezando con el escalón de entrada.

VI
Jadeante, Samuel empujó la verja.

El lúgubre chirrido que produjo le habría hecho tiritar, si no fuera porque ya tiritaba. Su aliento blanquecino bailaba delante de él. Tenía frío. Se frotó los hombros con vigor y, después, las manos. Las olió. Olían todavía a libro viejo. Avanzó dando traspiés por lo que, creía, era la senda principal. No estaba seguro, porque no había ni rastro de la luna aquella noche. A ambos lados del camino se perfilaba la silueta de unos espigados árboles, terminados en punta. Se detuvo un momento, clavando la pala en el barro. Un ratoncito le correteó por los pies.

Bajo sus zapatos, la tierra blanda se sustituyó por un material consistente. Se puso en cuclillas y palpó. Era una lápida.

Agazapado en la oscuridad, fue leyendo cada uno de los epitafios; docenas, centenares de epitafios. Y lo encontró. El mármol de la lápida emitía destellos azules, porque era más nuevo que los demás. Miró hacia abajo, el hueco del ataúd aún no estaba por completo cubierto de tierra.

Samuel se arrojó al agujero y oyó un crujido de madera. No necesitaba la pala, cavó con las uñas. Abrió con ambas manos el ataúd. Agrandó las pupilas cuando vio el corpiño. Mientras lo desabrochaba, con habilidad, inspiró profundamente.

7 comentarios:

Sr. H.M. dijo...

Así que Lord H y los pechos de magdalena. Pláceme el relato, oiga.

WTF dijo...

Creo que tienes un problema con la gerontofilia..

Igual podrías ayudarme con un profesor de economía entrado en años.

Buen relato mon amour ;)

Belleteyn dijo...

ah no, señor belanov, eso no vale. demando críticas destructivas, tan destructivas que me hagan tener una excusa razonable para expulsarlo a usted de mi comuna hippie en lyon.
hágame el favor, hombre.

Sr. H.M. dijo...

Qué decir: respira literatura inglesa por doquier. Lo único que no me termina de convencer, por poner un pero, es que el registro a veces resulta poco creíble; quiero decir, suena un poco impostado. Si me pongo apocalíptico diría que los diálogos parecen una mala traducción del inglés, aunque esto es exagerar.

PD: si no ha leído a Villiers, que Camilote le pase un libro de cuentos crueles. Deliciosos.

Traidor dijo...

Concuerdo con el señor Belanov, aunque el relato me huele un poco a viejo, sobre todo por el uso de ciertos formalismos y de frases que rayan en la irrealidad, dado el ambiente, me gusta la estructuración y el estilo es fluido pero siento que hay partes donde se te pierde la conexión. Sin embargo no se porque pero al leerlo pensaba en Aura de Fuentes, en aquella joven que no es más que la belleza de un espíritu en un cuerpo viejo.
Bien hecho, y ahora el pobre Samuel debe estar revolcándose en su tumba (la de Margaret por supuesto).

Belleteyn dijo...

tienen ustedes, sin duda alguna, razón de sobra cuando afirman que es el estilo, de este mi relato, forzado. ni siquiera me molesta lo de la mala traducción del inglés porque, aunque imagino que no temrino de conseguirlo, mi intención primera era satirizar a los románticos ingleses. y, de ahí, el tono de los diálogos. supongo que me paso un poco, de todos modos.
si alguna vez oigóos dialogar en semejante registro, voto a tal que manará la sangre.

pd. camilardo, no he leído nada de villiers (ahora es cuando decís "¿que no has leído nada de villieeeeeeeeeeeeeeeeeeers?"). ¿me pasas un libro de cuentos crueles?

Cucaracha homicida dijo...

En lo que respecta a mi modesta opinión es en lo clásico exagerado, es decir, en los tópicos rejuvenecidos, donde me parece está lo más acertado.

Cierto es que a veces los diálogos parecen doblados por actores de serial de Antena 3 pero ya que estamos en confianza -gerontófilos todos, ¿verdad?- a veces las se hacen más interesantes por sus fracasos que por sus logros.

No quiero hacer un paralelismo con los traseros de las cuarentonas, no exáxtamente, si no con el cine de Amenábar.