30 dic 2009

Relato N.2

Mar del Plata, 19 de Diciembre.

12:00


Leonor prepara el almuerzo. Oscar, mientras, se asea para salir al banco. A pesar de sus 84 años su estado de salud es casi envidiable, además de su porte: un traje barato, gris, pero traje al fin, camisa blanca, sin corbata, zapatos de piel. Sonríe. Al medir un metro ochenta y cinco suele ganar inmediatamente el respeto de la gente, aunque no atemoriza, su carácter es bien afable. El hecho de que tenga, además, cierta cantidad de dinero nada desdeñable en un país como Argentina, hace que su condición de peruano pase casi desapercibida.

Por otro lado, el Negro Scotti y Lucas preparaban la moto. Iban a encontrarse con Oscar y después iban a sacar algo de dinero, tal vez para los regalos de navidad de sus hijas y sus señoras. Se limpiaron los pies de barro al salir y se montaron en dirección al banco Nacional. Un mediodía caluroso, típico del verano marplatense.

12:15

Oscar llegó al banco y sacó algo de dinero para comprar un par de botellas de vino para la cena del próximo fin de semana en casa de María. Scotti y Lucas lo vieron pero prefireron no decirle nada, le darían la sorpesa en casa. Se subieron a la moto en dirección a San Juan esquina Colón.

12:45

La decepción no amilanó al negro y a Lucas. Con un poco de "paco" se arregla todo.


Mar del Plata, 24 de diciembre.

20:00

Leonor, Oscar y María están en el hospital. Fuera de peligro.

Scotti y Lucas están preocuopados, no salen. No se saben bien los motivos, pero se intuyen.

Mar del Plata, 30 de diciembre.

21:00


Leonor, con un calmante bajo la lengua, está tumbada en la cama. Perdió la noción del tiempo. Navidad no es una palabra, es un estado emocional. No piensa en el año nuevo. No piensa en nada.

Mar del Plata, 31 de diciembre.

La nota de policiales dice lo siguiente:


Muere el anciano víctima de una salidera

Oscar Rodrigo Altamirano, víctima de una salidera el pasado 19 de diciembre a la salida del Banco Nacional, murió ayer por la tarde después de un paro cardíaco. El paciente, después de varias intervenciones, no pudo sobrevivir a los disparos efectuados por dos jóvenes que circulaban en una moto roja. Los atracadores, supuestamente, siguieron a Oscar Altamirano después de su salida del banco e intentaron robarle. Los disparos se produjeron cuando la víctima intentó defenderse del robo. Después de varios forcejeos y amenazas, le soltaron, aunque aparentemente había pasado el peligro, uno de los delincuentes le dispararó tres tiros -uno al aire, otro a la espalda, que le atravesó el omóplato y llegó a los pulmones, y el tercero en un riñón- y finalmente huyeron sin su botín. Rápidamente llegaron las ambulancias que trasladaron a la víctima al hospital Fabbri donde permaneció Oscar en terapia intensiva hasta ayer a las 19:00 horas cuando sufría un fallo cardio-respiratorio y fallecía al poco tiempo. La policía municipal sigue investigando el caso.

En memoria de Alberto Teodoro Ronco.

Relato N. 1

Había perdido su identidad en un instante que, a pesar de las certezas, había durado más de dos mil años. Pero la identidad se había desmoronado, se desmigajaba inasible al transcurrir los minutos y las horas. Al principio pensó en la mejor manera de mantenerla amarrada y hacerse creer a si mismo que no había cambiado, que era el mismo de antes, que luciría la misma ropa y remedaría los pasos practicados tantas veces con ademán de dominar y comprender la disposición cíclica de las figuras, de los rezos, de los sonidos. Intentó recordar el primer día que había sido él: el hijo del hombre, la santa creación del universo, pero sólo consiguió entrever, a través de algunas lágrimas, la nave de cualquier iglesia a la que, fervientemente desde siempre, pertenecía. Se paró, miró su cuna, tan hermosa, tan perfecta, tan imposible… masculló algunas sílabas inaudibles como partes de una oración mientras sus viejas manos se desenredaban y luego se giró. Su aspecto delataba la decrepitud de un mar que se hubiese secado hace siglos. Caminando lentamente comenzó a descender del pesebre mientras los feligreses asustados no daban crédito a lo que veían; salió agitado de la iglesia, acezando sin parar y, a las doce en punto, bajo un frío acogedor y humano, cogió un taxi con rumbo desconocido.