No había duda de su victoria. Estaban mejor preparados, organizados, disciplinados; su enemigo jamás podría con ellos. Eran conscientes de su inferioridad numérica pero su moral se mantenía alta, en su mente estaba la táctica de resistir, agotar y atacar. Sentían el humo en el aire. Se sentían como unos padres malvados que disfrutaban íntimamente, con un inmenso placer, las rabietas de sus hijos. Ellos eran el equipo local ante una marabunta alocada, exaltada, fervorosa y efervescente. -Terminarán llorando-, se dijo el estratega. -Llorando y gimiendo, pidiendo perdón y volviendo a nuestro regazo. Consideraban esta actitud insurrecta como un pataleo, pero so mostraban estólidos ante las protestas, ante los gritos, ante los proyectiles. Simplemente mantenían su escudo en alto en formación testudo, la clásica formación romana en forma de caparazón para impelir cualquier ataque cercano o lejano con proyectiles livianos. Simplemente elevaban sus escudos, siempre bien unidos, y esperaban.
Cuando llegó el momento comenzaron a avanzar. Paso a paso. Eran como animales capaces de oler el agotamiento, el primer síntoma de desesperación lo degustaban casi con lujuria: se sentían a punto de sodomizarlos.

Cuando la multitud empezó a flaquear ellos comenzaron a dar pasos cada vez más seguros para alejarlos de la plaza central. Lanzas no tenían, falanges tampoco, pero en cuanto pudieron, del centro de la formación se elevaron cinco antidisturbios lanzando balas de goma. Los de primera fila, ante la primera desbancada y el pánico, sacaron sus tonfas y comenzaron. Abrieron rápido el grupo y, rápidamente, se metieron entre ellos en forma de cuña. Volaron neumáticos incendiados, piedras, botellas, carteles, pero jamás se inmutaron. Ellos llevaban cascos con viseras acrílicas, escudos antibalas, protectores en los antebrazos, espinillas y genitales, además de escudos antidisturbios de lexan, transparentes con un logo: POLICÍA.
Una vez disuelta la multitud, con sus trajes llenos de escupitajos y sangre, los antidisturbios volvieron al cuartel donde estaban Q y R, los policías que atropellaron y mataron a D y F con su coche patrulla para recordarles que hay que llevar casco cuando se va en moto.
3 comentarios:
mi nivel de apático asqueamiento (¿puede un asqueamiento ser apático? os preguntaréis. el mío sí) es mayor de lo habitual, así que qué mejor que canalizarlo a través de críticas (y capítulos de House, pero eso aquí no cuenta). con un poco de suerte nos liamos a tortas y animamos el cotarro.
estarás de acuerdo conmigo en que sí, se te nota la cerveza previa. será que me tienes malacostumbrada, pero lo cierto es que este texto es insulso. no es que esté mal escrito, que de hecho no lo está, pero tampoco puedo decir que esté "bien" y tratándose de un argumento poco sólido, hubiera hecho falta más garra literaria. y ya sabes, querido, que en el mundo burgués (y que me perdonen los simbolistas) no es el fondo sino la forma. fuera bromas, los dos primeros párrafos dejan un buen sabor de boca que la otra mitad del texto se encarga de borrar. es como si, justo después de la foto, empezaras a infravaloraras al espectador; puede que hubiera quedado mejor si hubieras dosificado la información sin hablar de la policía de un modo tan explícito y ahorrándote las mayúsculas. quizá te hubiera venido bien una revisión duchada y sobria.
que conste que no pretendo con esto otra cosa que causar polémica y altercar, siempre altercar.
y, hablando de revisar textos, podría revisar los comentarios. disculpad las aberraciones sintácticas..
Perdóname madre porque he pecado. Prometo solemnemente portarme mejor la próxima vez, prometo hurgar en lo más profundo de la literatura y redactar maravillosas líneas. Juro que jamás volverás a pasar hambre literaria, lo anuncio y certifico.
100 Piglia Nuestro y 87 Ave Stendhal.
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