No había duda de su victoria. Estaban mejor preparados, organizados, disciplinados; su enemigo jamás podría con ellos. Eran conscientes de su inferioridad numérica pero su moral se mantenía alta, en su mente estaba la táctica de resistir, agotar y atacar. Sentían el humo en el aire. Se sentían como unos padres malvados que disfrutaban íntimamente, con un inmenso placer, las rabietas de sus hijos. Ellos eran el equipo local ante una marabunta alocada, exaltada, fervorosa y efervescente. -Terminarán llorando-, se dijo el estratega. -Llorando y gimiendo, pidiendo perdón y volviendo a nuestro regazo. Consideraban esta actitud insurrecta como un pataleo, pero so mostraban estólidos ante las protestas, ante los gritos, ante los proyectiles. Simplemente mantenían su escudo en alto en formación testudo, la clásica formación romana en forma de caparazón para impelir cualquier ataque cercano o lejano con proyectiles livianos. Simplemente elevaban sus escudos, siempre bien unidos, y esperaban.
Cuando llegó el momento comenzaron a avanzar. Paso a paso. Eran como animales capaces de oler el agotamiento, el primer síntoma de desesperación lo degustaban casi con lujuria: se sentían a punto de sodomizarlos.

Cuando la multitud empezó a flaquear ellos comenzaron a dar pasos cada vez más seguros para alejarlos de la plaza central. Lanzas no tenían, falanges tampoco, pero en cuanto pudieron, del centro de la formación se elevaron cinco antidisturbios lanzando balas de goma. Los de primera fila, ante la primera desbancada y el pánico, sacaron sus tonfas y comenzaron. Abrieron rápido el grupo y, rápidamente, se metieron entre ellos en forma de cuña. Volaron neumáticos incendiados, piedras, botellas, carteles, pero jamás se inmutaron. Ellos llevaban cascos con viseras acrílicas, escudos antibalas, protectores en los antebrazos, espinillas y genitales, además de escudos antidisturbios de lexan, transparentes con un logo: POLICÍA.
Una vez disuelta la multitud, con sus trajes llenos de escupitajos y sangre, los antidisturbios volvieron al cuartel donde estaban Q y R, los policías que atropellaron y mataron a D y F con su coche patrulla para recordarles que hay que llevar casco cuando se va en moto.